14 ene. 2014

¿Qué eres amor? Incentivo de ñoñeces, de flores rojas con las espínas más puntiagüdas, dinero en vano, cartas escritas para complacer y no sentir, te quiero me llegaron a decir, perfumes vistosos, camas humedas y grandes heridas de guerra. Hace ya un tiempo, acostumbrada yo a mis niñeces de tener todo lo que me proponía, me encapriché. Mi caramelo tenía 6 letras y era de sociedad muy limitada, relleno de chicle, duro por fuera pero efímero por dentro, de esos que cuando masticas, mezclas todo. Yo le mezclaba conmigo, cada noche, cada hora y era una dependencia que ni para él ni para mi misma, creo que fuera buena. Mi caramelo, el preferido, resultó ser demasiado caro para una cualquiera como yo, estaba recubierto por ese papelillo dorado de los Ferrero. Daba miedo destaparlo, había que cuidarlo, mimarlo e intentar persuadirlo para que entrase en mi boca. Y se escapó, mas que lenguas, besos y labios, quiso dirigirse a otro músculo, uno que anteriormente me propuse cerrar con doble llave. Me encariñé demasiado y lose, y lo sigo sabiendo porque aun lo llevo conmigo. O el me lleva a mi, con los mandos que las arterias le ceden. Me hizo entender que todo valía y que todo contaba, que no se decía te quiero así porque sí, me desmotro que nunca antes nadie me lo habría dicho mas sinceramente. Me hacia brillar porque era polvo de estrellas y yo temblaba con solo verle. Y ahora puedo decir que hay sabores, que si piensas realmente en inventar un sabor nuevo eso como intentar inventar un color nuevo, no cabe en la mente; pues el no cabe, ni en la mente ni en el corazón. ¿Sabes de esos errores que se convierten en el mayor acierto?

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